La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, se aseguró este domingo una victoria holgada en las elecciones anticipadas a la Cámara Baja, al mando de un Partido Liberal Democrático que, junto a su socio Ishin, traspasó con amplitud la barrera de los 300 escaños y se situó por encima de la mayoría de dos tercios del hemiciclo. Con ese resultado, el oficialismo no solo blinda un mandato sin sobresaltos frente a una oposición dividida e incapaz de articular una alternativa de poder, sino que consolida la apuesta de Tokio por un conservadurismo nacionalista que prioriza la disuasión frente a China y se apoya en una alianza estrecha, reforzada y explícitamente respaldada por Estados Unidos.
Takaichi, de 64 años, hija de una policía y de un empleado de una empresa automovilística, ha construido su carrera desde abajo. Elegida diputada como independiente en 1993 por su Nara natal, pasó brevemente por un partido liberal antes de integrarse en el PLD en 1996. Ministra de Seguridad Económica, Asuntos Internos y hasta Igualdad de Género –ironía de un sistema que la coloca ahora como primera mujer al frente del Gobierno–, se autoproclama la “Dama de Hierro” en homenaje a Margaret Thatcher, heredera directa del difunto Shinzo Abe, cuyo legado militarista y económico abraza. Su tercer intento por liderar el PLD, tras los fracasos de 2021 y 2024, llega tras la debacle de Shigeru Ishiba, víctima de derrotas electorales atribuibles a políticas económicas erráticas y escándalos de corrupción.
El eterno ciclo electoral japonés
Esta conquista no solo certifica la extraordinaria resiliencia del PLD, esa máquina política que ha controlado Japón con mano de hierro desde finales de la Segunda Guerra Mundial –salvo breves paréntesis–, además expone, una vez más, la gran disfunción del sistema. Un calendario electoral hiperactivo que convierte la gobernanza en un ejercicio permanente de supervivencia táctica, postergando sine die las reformas estructurales que el país necesita con urgencia.
El diagnóstico lo firma el profesor Masato Kamikubo, de la Universidad Ritsumeikan: Japón sufre un auténtico “exceso de urnas”. En la última década se han convocado cuatro elecciones parciales en la Cámara de consejeros y tres disoluciones anticipadas de la de Representantes. Este ritmo asfixiante transforma la democracia en una campaña continua, donde cualquier medida impopular queda automáticamente descartada por el miedo al castigo en las próximas citas con las urnas.
Takaichi ha jugado magistralmente esa partida. Apenas instalada en el Kantei, disolvió la Dieta en plena luna de miel para capitalizar su enorme tirón popular. Esa “Sana-manía” que arrasa entre los jóvenes gracias a sus 2,6 millones de seguidores en X, sus vídeos virales tocando batería heavy metal y un estilo personal que ha convertido bolsos y bolígrafos rosas en fenómenos de consumo. El objetivo es blindar la aprobación de un presupuesto histórico de 122,3 billones de yenes y consolidar una mayoría parlamentaria que le permita gobernar sin sobresaltos.
Su receta económica, bautizada como “Sanaenomics”, despliega un estímulo fiscal de 21 billones de yenes en cupones electrónicos y transferencias directas para paliar el mordisco de la inflación en los hogares. Se presenta como una evolución del Abenomics, conserva la apuesta por el gasto expansivo, pero incorpora una estrategia de crecimiento más ambiciosa, con fuerte inversión pública en inteligencia artificial, semiconductores, computación cuántica y exploración espacial –sectores donde Japón quiere recuperar liderazgo tecnológico y reducir su vulnerabilidad estratégica.
Sin embargo, los analistas más rigurosos coinciden en que sigue siendo una solución parcial. No ataca los grandes tumores estructurales de la economía nipona con salarios reales congelados desde hace tres décadas, una deuda pública que supera el 260% del PIB –la más elevada del mundo desarrollado– y un envejecimiento demográfico que reduce la población activa año tras año y amenaza la sostenibilidad del sistema de pensiones.
Internamente, Takaichi encarna un conservadurismo social ultraortodoxo que ha buscado reconquistar el voto fugado hacia populismos emergentes como Sanseitō. Opuesta al matrimonio homosexual, a los apellidos separados en parejas y a la sucesión femenina en el trono imperial, defiende roles tradicionales para las mujeres –”buenas madres y esposas”– aunque con guiños pragmáticos como subsidios a fertilidad o educación sobre menopausia. Su gestión migratoria –impuesto de salida elevado, visados caros, requisitos lingüísticos estrictos ante 42,7 millones de turistas y 3,9 millones de residentes extranjeros en 2025– equilibra necesidad demográfica con un “Japón primero” que canaliza ansiedades amplificadas en redes.
El núcleo duro del proyecto Takaichi no está en las promesas de alivio fiscal, sino en una geopolítica de confrontación directa. Su historial revisionista –con visitas repetidas al santuario Yasukuni, que rinde homenaje a criminales de guerra condenados– es seña de identidad. Y lo demostró al declarar sin ambages que un conflicto en Taiwán sería una “threat existencial” para Japón, una fórmula que activa de facto los resortes de defensa colectiva y envía un mensaje de disuasión explícita a Pekín.
China reaccionó con represalias económicas selectivas y una escalada diplomática que interpreta la declaración como una provocación calculada. Donald Trump, que sostiene una tregua comercial frágil con Pekín, llegó a pedirle contención en una conversación privada. Pero al final optó por el respaldo público e invitó a Takaichi a la Casa Blanca en marzo alabando su ruptura del techo de cristal. El intercambio es crudo y transparente: Japón sube decisivamente su gasto en defensa reforzando el Cuadrilátero de Seguridad (Quad) y alinea sus prioridades tecnológicas con EE.UU. a cambio de una protección que combina reparto de cargas militares y disuasión estratégica conjunta.
La relación personal con Giorgia Meloni con selfies, y compromisos explícitos de apoyo, cierra un eje conservador que cruza el Atlántico y el Pacífico. Dos líderes en el G7, unidas por un nacionalismo sin complejos y un realismo sin concesiones, encarnan la respuesta organizada al multilateralismo liberal en retroceso.
En el nuevo orden mundial cada vez más fragmentado y competitivo, el país del Sol Naciente se convierte en el pivote asiático de la contención china como puente entre una potencia estadounidense en declive relativo y los aliados europeos, pero claramente supeditado a la agenda transaccional de Trump. Esta estrategia eleva exponencialmente el riesgo de errores de cálculo en el Mar de China Oriental, en las islas Senkaku/Diaoyu o en el Estrecho de Taiwán, escenarios donde una escalada podría desencadenar un conflicto de dimensiones globales con costes económicos devastadores para las cadenas de suministro mundiales.




